jueves, 9 de agosto de 2012

El Vagabundo

Esta semana estuve fijándome en un tipo que merodeaba por los alrededores de la tienda. Su aspecto podría recordar al de un típico "sin-techo", pero con matices: cabello canoso, largo y desaliñado, barba de la misma guisa, mochila de acampada tan llena que parecía un globo aerostático y una indumentaria desgastada aunque no del todo sucia, por lo que podríamos suponerle cierto empeño en lucir decente. Ese detalle despertó mi curiosidad.

Ayer por la tarde y en otra de sus idas y venidas traté de llamar su atención saludándole de forma exagerada e insistente. Cuando nuestras miradas (la suya terriblemente asombrada) se cruzaron, lo invité a acercarse. Hablaba con un acento suave.

-Perdone que le moleste. Es que conozco muy bien el barrio y nunca lo había visto a usted por aquí. ¿De dónde es?
-Bueno, nací en Dinamarca, pero soy un poco de aquí y de allá.
-Ya decía yo. Pues habla un español perfecto.
-Sí... Mi abuelo paterno era burgalés.
-Vaya, ¿y hace mucho que vive en España?
-Unos cinco años.
-Si le parezco entrometido, dígamelo, ¿eh? En confianza.
-No se preocupe. A lo largo del día no hablo con mucha gente, así que está bien.
-Yo tampoco, no se crea. ¿Y qué le trae por el barrio?
-Bueno, estoy de paso. Hace quince días que ando en la ciudad y esta zona aún no la había visitado. Y en ese bar de allí me sirven una copa de vino gratis si me alejo un poco mientras sirven los almuerzos.

(...) Aquí empezamos a hablar de cuán remilgado es el dueño del bar, un tipo calvo con bigote. La conversación iría desvariando hasta que pude reconducirla con una pregunta directa y tal vez demasiado personal.

-¿Y cómo acaba un hombre como usted viviendo en la calle?
-Es más complejo que eso. Hace un tiempo tuve un trabajo en Århus, Dinamarca, y una casa. Pero decidí que quería viajar y vivir al día con lo que pudiera conseguir, sin preocupaciones. Un pequeño trabajito aquí, algún favor por allá. En principio mi idea era probar un año, y ya llevo diez.
-Es usted muy valiente... Yo no podría, aunque lo deseara. Hágame el favor, dígame una canción.
-Una canción... ¿de música?
-Sí.


Luego ya no quise preguntarle más. Estuvimos un rato intercambiando conocimientos triviales y cuando a ambos se nos acabó el fuelle, nos despedimos con un apretón de manos y nos deseamos suerte.

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