jueves, 6 de junio de 2013

Amargos sueños

Alguna vez os he hablado de mi madre, aunque probablemente de refilón, pues no quiero darle una importancia para la que no ha hecho mérito alguno. Es una psicópata sin ningún tipo de habilidad social, relegada por voluntad propia al exilio del hogar. Sí, aún peor que el hijo, que ya es decir.

De vez en cuando solía "engañarme" para que fuera a verla. Comíamos o cenábamos juntos sin mayor cosa que destacar que los propios parloteos del televisor. Tampoco es especialmente buena cocinera, en parte porque todo lo hace con desdén. El caso es que un día me sorprendió con un postre peculiar: 3 o 4 donettes en un plato pequeño para acompañar al café. Pese a encontrarlos más amargos que el resentimiento de mi ex-mujer no quise hacerle un feo y me los acabé comiendo todos sin conjeturar demasiado sobre su sabor.

A la media hora caí dormido. Al despertarme, la vieja loca confesó haberlos rellenado de tranquimazines con la excusa de que "así me quedaría un rato más con ella y no me marcharía tan pronto". Le dije, y apostaría que con cara de horror, que había sido una buena idea, pues últimamente me costaba conciliar el sueño. Sonrió mirando en mil direcciones menos a la que apuntaban mis ojos.

Desde entonces no ha vuelto a insistir mucho para que vuelva a verla. Así que supongo que los dos hemos salido ganando.

   

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