lunes, 18 de agosto de 2014

Sobre la pérdida de M.

A mi edad lidiar con la muerte no es algo que me sobrevenga nuevo, al menos no cuando atañe a terceras personas. Muy a riesgo de pareceros un psicópata, personas de rectitud encomiable, diría que he aprendido a relativizarla bien; asumo de inmediato cualesquiera de sus implicaciones y procuro retomar mis rutinas tras un corto periodo de luto lo suficientemente evidente como para no ser vilipendiado. Aceptaría que lo tacharais de un plan de escape, porque lo es. Pero yo no soy de los que cree que huir sea reprobable, ni mucho menos cuando no le debes cuentas a nadie más que a ti mismo.

Esta pérdida es un fastidio a muchos niveles. Si tuviera la posibilidad de escoger un transeúnte para ocupar su lugar, un perfecto desconocido al que arrancarle la vida en favor de M tened por seguro que lo haría sin carga de remordimiento. Tal vez incluso podría señalarte a ti, ahora que te encontrabas leyendo estas líneas sin olerte la tostada. A excepción de la mala hostia que llevo encima y sumando la de situaciones emocionalmente complejas que estoy viviendo de un tiempo a esta parte, creo que podría darme con un canto en los dientes. Estoy bien. Estoy entero. No parezco otro muy distinto al que acostumbro. Pero estoy escondiendo una montaña de angustia bajo un velo de rutina.

Veamos hasta cuándo puedo fingir que no me entero de nada.


6 comentarios:

  1. Hasta que la rutina te engulla, porque al fin y al cabo finges, pero no te engañas a ti mismo, aunque ya te gustaría.

    Un abrazo!

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  2. "Estoy bien. Estoy entero"
    ... Pasó un año. Conducía por una hermosa y sinuosísima carretera de un valle asturiano camino a casa. Mi cabeza iba a mil por hora. Su ausencia marcaba mi pulso y mi respiración desde hacía un año pero "estoy bien, estoy tranquila". De golpe me atrapó un ataque de un llanto rabioso que me hizo precipitarme a la cuneta y frenar en seco. Lloré como no recuerdo haberlo hecho nunca. Me arranqué el alma en aquella puta cuneta. Al rato, continué sorteando aquellas curvas mientras el paisaje hermoso, aquel que tanto le habría gustado, me invadía. Los ojos no podían contener apenas la explosión. Llegué a casa. Me miré al espejo. Aquellos ojos sangrantes de dolor, de pena, de rabia, me dejaron reconocerme cagándome en dios. Fue como si hubiese pasado el luto para dar entrada a un dulce y melancólico recuerdo. El silencio de su ausencia me acompaña.
    Un beso muy fuerte.
    Silvia

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    1. Espero poder sentirme identificado con tus palabras en un periodo de tiempo más corto, ojalá sean unos pocos meses. Es decir, que acabe tomando conciencia de todo cuanto antes.

      En cualquier caso, me ha encantado lo que has escrito.

      Un abrazo,

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  3. Supongo que te hace bien escribir sobre M. Yo escribí sobre I durante años pero no se me ha quitado la sensación de injusticia, el peso de saber que ya no vive, ya no lee, ya no observa el mundo. Claro que pasa el tiempo, que te acostumbras, que lo relativizas. Pero mi única conclusión después de ocho años es que morir es azaroso y sin razón. Y no me conformo con haberme quedado sin un cómplice. Un abrazo.

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    1. De hecho creo que tan solo acabo hablando de mí, porque de "M" aún no me veo capaz y sé que no le haría justicia alguna. Comparto también tus reflexiones; más que no poder tenerlo a mi lado lo que me apena sobremanera es que, como tú dices, le hayan arrebatado el derecho a leer y seguir observando el mundo. Haces bien en no conformarte, probaré a hacer lo mismo si recobro el vigor.

      Muy agradecido por tu comentario,

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