lunes, 8 de septiembre de 2014

Lemoine y Thaler. Sangre, pizzas y cigarrillos.

Empiezo nueva sección. El tiempo -y sobretodo las ganas- dictará si la mantengo. En fin, no sé qué podréis opinar sobre un par de detectives que se desenvuelven en un futuro distópico, pero ardo en deseos de saberlo.

Sangre, pizzas y cigarrillos.

Lemoine irrumpió en la escena del crimen sin apartar la mirada del agente Thaler. Cuando este hubo advertido el porte adusto e inquisidor del detective, fue a arrimársele lentamente como un perro gacho que espera ser reprendido pese a no saber la causa.

-¿Qué tenemos?
-Varón blanco, 35 años. Nacido en Plainside y residente en Rocket City desde el 48. Padre soltero de dos niñas probeta, Susan y Margaret, y honrado agente de ventas en un pequeño concesionario de aerodeslizadores de ocasión, "El Chollo Loco", ubicado al oeste de Lance Street. Amante de la balada electrónica de post-guerra y de las delicias saladas. Le gustaba llevar calzones floreados y mantuvo una postura abiertamente contraria al matrimonio homosexual; algo que no deja de ser curioso atendiendo a que las malas lenguas le atribuyen un escarceo amoroso con un tal Mike Preston, durante una fiesta en el instituto. Ya sabe, habían bebido mucho y acabaron retozando como bestias salvajes en la estancia reservada para las herramientas de carpintería y demás. De todos modos, no creo que fuera una actitud condenable, pues Preston era un tipo muy atractivo, capitán del equipo de fútbol y un alumno ejemplar...
-No siga.-cortó Lemoine. Gran indagación, agente Thaler. ¿Cuánto debe llevar aquí, treinta minutos? Treinta minutos que sin duda allanan el pedregoso camino hacia la consecución de la verdad. Espléndido. ¿Sabe? Creo que lo juzgué mal. Al principio lo tomé por un deficiente de manual, y confieso que creí encontrar en su rostro y maneras indicios que así lo atestiguaban. ¡Cuán equivocado estaba! Perdóneme si alguna vez notó que lo contemplaba con una mezcla de horror, asco y compasión. He estado ciego.
-Bueno, en realidad el fallecido es mi primo Marlon. De ahí, tal vez, la concreción en los detalles. 
-Ajá. Entiendo, entiendo. Sí. No… no se quite usted méritos… agente. Es encomiable que conociera tan a fondo a su primo… ya me entiende, sin insinuaciones sexuales. Y guarda la compostura… se muestra usted íntegro. Ya sabe qué quiero decir… Esto no le debe resultar nada fácil, teniendo en cuenta la carnicería que se ha producido aquí. Dios santo, cuánta sangre…. ¿Sabe? La estampa me recuerda a una ocasión en mi juventud en que, estando yo de mozo en una pizzería, desparramé por el suelo un cuenco enorme de carne picada y tomate frito. Toda la cocina quedó salpicada con extrema violencia. Ejem… ya se lo imagina. Yo… ¿Quiere un cigarrillo?
-Sí, por qué no.



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