jueves, 8 de enero de 2015

Gore, ancianos y cintas de vídeo.

Vosotros que os debéis a un amasijo de electrónica en vuestros tejemanejes cotidianos y que fundamentáis en la banda ancha casi la totalidad del conocimiento cultural que atesoráis, jamás podréis entender por qué para un vejestorio como yo amar el splatter pudo constituir un acto de fe; por el desánimo de lo inaccesible que resultaba a veces, por lo devota -e interior- que obligaba a ser su profesión cuando las miradas condenaban.

Y si el splatter fue algo así como una religión, el reproductor VHS (que sustituyó a su homólogo Betamax en una cesión de poderes y derechos dramática) fue mi Biblia. Corrían los alocados 80's y mientras el grueso popular se afanaba en configurar su imagen en función de los designios de las pistas de baile, otros tantos creepies peregrinábamos al videoclub de recibo para pugnar entre novedades y fondos de catálogo. Dos realidades de una época que no fueron ni mucho menos excluyentes, pero es que desde siempre he creído -y querido- formar parte de infinidad de segregaciones sociales, aun inventadas.

El videoclub Marto's estaba regentado por Mario, un señor de probidad consumada pero poco versado en materia cinematográfica, aunque ya sabéis que la falta de conocimiento nunca fue impedimento suficiente para montar un negocio en nuestro país. El local empezó a funcionar en tanto que Mario atendió las peticiones de sus clientes, por lo que pronto asentaría parroquia y generaría su propio rebaño de feligreses, entre los que me incluí durante largos años de mi vida. A partir de este punto prometo abandonar el uso de analogías religiosas.

Me recuerdo paseando por los pasillos del Marto's con emoción contenida. Por aquel entonces las estanterías eran auténticos expositores de arte con mayúsculas; carátulas explosivas, coloristas y de composiciones tan abigarradas que no era de extrañar que los elementos que exhibían rara vez apareciesen en la cintas, más ramplonas e infinitamente menos excitantes (aún recuerdo la desilusión tras advertir que en "The Cars That Ate Paris" de Peter Weir, ningún coche engullía a nadie). Amé los cover arts de películas como The Video Dead, Def-Con4, Evil Dead, Street Trash, Xtro, Chopping Mall o The Return of The Living Dead. Y fue tal que amando y persistiendo que la maravillosa BrainDead recaló en mis manos frías y muertas.

A estas alturas mi escaso talento para garabatear no debería sorprenderos.

Confieso que el aberrante (o genial) título en castellano "Tu madre se ha comido a mi perro" logró despertar en mí una curiosidad superlativa, en parte por lo descriptivo y porque mi imaginación otrora fue un torrente de ideas y asociaciones desbocadas. Era sábado noche y yo estaba solo en casa, en un piso que solía compartir con un par de compañeros de fatigas -a los que más tarde odié y proscribí- y puse la cinta en nuestro vhs forrado de pegatinas. La hora y media que sobrevino fijó un punto de inflexión en mi existencia: las montañas de splatter que yo había consumido desfilaban ante mis ojos cual compendio referencial, caricaturizado y repleto de excesos.

Contemporáneo al nacimiento y diseminación del gore fui un espectador de primera línea del proceso gradual en que la violencia explícita se insuflaba en el celuloide, consumida por un público voraz que no tardó en ampliar sus límites de tolerancia creando más y más demanda. Desde Blood Feast y pasando por Night of the Living Dead, Last House on the Left, Tromas y Evil Deads, la sangre fue salpicando la pantalla con varios propósitos: criticar la realidad social de la época, hacer reír al respetable o incluso servir como expresión artística. Braindead supo hacer acopio de todos ellos en una muy particular amalgama desvergonzada que acabaría exprimiendo el género hasta su extenuación (pero no sin antes entegar todo el jugo a modo de epitafio). 

El niño de Braindead. No tengo artrosis ni parkinson ni nada parecido.

Pese a que la conmoción inicial remitiera, el poso de interés me condujo a realquilarla con cierta periodicidad, estableciendo además una nueva práctica en mi conducta videoclubera que acabaría normalizándose con otros títulos. Con el tiempo y el uso continuado que todos hacíamos de la cinta, discernir cuáles eran las escenas más admiradas era fácil, adictivo y hasta un ejercicio sociológico, pues la mayoría solían solaparse en pantalla con pequeñas interferencias (motas en blanco y negro) fruto del rebobinado enfermizo, huellas evidentes de los gustos que unían a toda una generación. No hay día en que no me imagine a mí mismo esgrimiendo la susodicha cortadora de césped en alguna reunión de vecinos y arrancando de cuajo las vidas -y extremidades- de los allí presentes en una bacanal de violencia, sangre y sonrisas.

En fin, chicos. Que voy saliendo ya por la puerta con conclusión anticlimática y agradecimientos desmerecedores. El mérito de mi afición al gore no es solo atribuible, ni mucho menos, a Mario y su videoclub, pues en ello también tendría algo que decir mi padre, cuya figura recostada en el sillón y con los pies en alto sobre la mesilla a menudo lució para mí como una escultura esculpida en bondad, agudeza y comprensión, oda monumental a la composición del tipo de espectador que el cine no merecerá jamás.

Luego os quejáis de por qué no escribo.

6 comentarios:

  1. Pues sí, amigo... yo me quejo de que escribes poco.

    Saludoraro

    ºº_

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Trataré de ser un poco más constante. Pero no lo prometo.

      Un abrazo,

      Eliminar
  2. Te agradezco volver a leerte. Me encantan tus historias.
    Un saludo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El agradecido soy yo. Un placer que te tomes la molestia de leerme.

      Un saludo,

      Eliminar
  3. Me ha hecho gracia el niño de Braindead jaja

    Un abrazo!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Estoy llegando a mi cúspide como ilustrador ;)

      Eliminar